sábado, 24 de febrero de 2007
Desconocidos simultáneos

Empieza a llover en la ciudad gris de invierno. Mientras las demás se refugian en alguna confitería, ella sale del brazo con su mejor amiga a caminar. Está cayendo la tarde. Hablan de la tarea, del chico que les gusta, de los nervios del primer asalto y la ropa que van a usar cuando el cumpleaños de Juampi.

Sentado en el cordón de la vereda, con el saco en las rodillas y el pelo mojado pegándosele en la frente y el cuello, mira al frente con una fijeza alucinada. Mira sin ver. Los labios entreabiertos, el aliento cortado. No sabe hace cuánto está conteniendo la respiración. Las manos cuelgan inertes sobre las rodillas. Un auto pasa cerca levantando agua; él no se mueve. Sus ojos glaciales están clavados en algún lugar más allá de la calle.

Pasan por una panadería que huele a tortas fritas. Ella tiene algo de dinero gracias a su última ida al dentista, que le costó un par de muelas. Le comenta a su amiga entre risas que le divierte que le saquen las muelas porque como le ponen anestesia, no le duele. Habla de crujir de mandíbulas, de la presión de las tenazas y la pieza dental arrancada, con todas sus raíces al aire, que contempla luego embelesada en una cajita de bijou que la misma dentista le da. Su amiga piensa, con un escalofrío de incomodidad, en la noche en que se juntaron a mirar películas de terror y ella era la única que comía con deleite en medio de despanzurramientos varios.

¿Tiene frío? ¿Tiene calor? No lo sabe. En estos momentos, su alma está fuera de su cuerpo. En suspensión... Se ve desde afuera y no se reconoce. ¿Quién es ese que me mira? ¿Quién soy éste que me miro? ¿Quién...?
La lluvia no cae sobre la ciudad. Se desmaya. Se desploma, como bajada a hondazos de las nubes. Estás solo, le dijeron. Nací solo, estúpidos, piensa con amarga satisfacción, sintiendo en el fondo que no se la banca solo. Ya no más.


Salen con las tortas fritas calientes en la mano. Ella muerde con avidez un bocado. Siente un pitido intenso en el oído, se detiene en seco. Qué te pasa, le pregunta su amiga. Ella hace como que se va a quedar mirando una vidriera y la incita a volver con las demás chicas. No puede decirle que algo está pasando, tal vez un ángel, como dice su tía cada vez que siente esa ultrafrecuencia extraña, ese tirón en la panza.

No más. Necesito...
La escucha detenerse a su espalda. Usa zapatos de colegio, piensa, por el peso de las pisadas no debe tener más de doce años. Está tan seguro de que es ella. Y sin embargo, se resiste a darse vuelta para mirarla.


Será un hombre muy triste, o un loco, para estar sentado acá con esta lluvia. Ella mastica como si no estuviera inquieta o asustada, pero no se anima a darse vuelta y confirmar sus sospechas. Posiblemente no sea nadie, piensa. Le late el corazón con un agobio desconocido. Un segundo después mira hacia el cordón de la vereda.

Se da vuelta. No ve a nadie.
El espacio vacío a su espalda le daría unas ganas horribles de llorar, si supiera cómo.


Largo rato mira la vereda desierta. Estaba tan segura de que lo había visto ahí, hace un rato. Sigue su camino. Se olvida a los dos pasos de ese fantasma, que está a miles de kilómetros de distancia pensando en la muerte, convencido de que ella no existe. Que nunca va a encontrarla. Que todo fue un sueño.

posted by Cassandra Cross @ 14:50  
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Escritora, lectora, cocinera, cantante y bailarina vocacional. Mercenaria a medio tiempo. Amante de la Naturaleza, porteña provisoria y, sobre todo, simple.

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