lunes, 23 de junio de 2008
Por esos ojos tuyos
Hace frío. Estoy encerrada y de a ratos siento que esta pecera va a ahogarme, de tanto cuidarme.
La música de fondo crea un trance que me saca de este mundo y me permite sobreponerme un poco a tanto pensamiento acumulado. Trabajo como una posesa, la atención puesta en distintos lugares, como si en lugar de estar convaleciendo estuviera llenando huecos de tiempo perdido con tarea anticipada.

Y sin embargo desde hace días tengo esa imagen atravesada en la cabeza, como un telón de fondo que no puede levantarse, que apenas queda en segundo plano por un rato y a la menor vacilación regresa.
Tus ojos tristes, princesa. Tus suspiros al aire y las ojeras que pueden ser enfermedad y también melancolía. Sobre todo, ese silencio hermético y ausente.

Mi princesa está triste.
Qué tendrá mi princesa.

Juro que daría una parte de mi cuerpo para entender si alguna de las malas semillas está explotando en tu corazón en este momento, si te está llegando el tiempo de sufrir y esta vez no es "por nada", como antes, cuando simplemente llorabas porque extrañabas a mamá. Un llanto de esos que se pasan con el fuerte abrazo del reencuentro.
Y ahora no estoy tan segura de que aquel llanto de domingo detrás de los sillones del living no haya sido ese brote de melancolía eclosionando en tu espíritu un poco volátil, un poco fuera de este mundo. Aquella vez fue la primera vez que no supiste (ni supimos) responder. Llorar porque el llanto apreta el pecho y nada más, a menos de un año de haber aprendido a caminar, a hablar. ¿Cómo se entiende?

Muero de ganas de abrazarte porque sí y entrar sin que te des cuenta en lo profundo de tu cabecita llena de esas cosas que nunca te escuché decir y que traducías antes en juegos de piyamas por la mañana, cuando te quedabas a dormir.
¿Qué ves? ¿Qué ven tus ojos, angelito, en esas primeras fotos donde dejaste de ser única?

Ojalá supiera, ojalá entendiera por qué mi princesa está triste. Esa tristeza me alcanza y me abraza, envolviéndome, asfixiándome, pese a la distancia física que nos separa. Por qué me golpeás cuando estamos juntas, aunque parezca que me abraces.
Por qué, princesa. Si yo quiero ayudarte. ¿Qué nos falta? ¿Qué te falta?

Yo metida en esta tarde agrisada hasta los tuétanos y vos en el barullo de un aula a treinta cuadras, y tal vez olvidando eso que te hace triste hasta llegar a casa. Y volviendo a empezar en el momento menos pensado.

Hagamos un trato. Ahora voy a dejar en suspenso este pensamiento y la próxima vez que nos veamos no te voy a hacer la pregunta directamente. Voy a hacer la prueba de abrazarte, y si pedís más (si dejás que te lleve a caballito a todos lados, como antes... como siempre) sabré que las nubes están pasando.

Aún así, podés hablar conmigo, mi princesa. Ya no sos esa bebé que yo adoraba. Sos mi niña, una niña preciosa, introvertida y buena.

No quería que sufrieras y ya lo ves, acá estamos. Tu mano en la mía, las dos frente a la primer baldosa de tu propio camino. Te miro el alma inescrutable con mis ojos de alma vieja que espero nunca tengas.

Listo, princesa, he cerrado la puerta; el frío queda afuera, no más lágrimas. Vayamos a jugar.



posted by Cassandra Cross @ 10:39  
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Escritora, lectora, cocinera, cantante y bailarina vocacional. Mercenaria a medio tiempo. Amante de la Naturaleza, porteña provisoria y, sobre todo, simple.

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